lunes, 3 de mayo de 2010

Sin la Cruz no podemos


“Non possumus”; de igual modo que los mártires de Abitene, durante la persecución de Diocleciano manifestaron que no podían vivir sin celebrar el Día del Señor (“...quoniam sine dominico non possumus”), nosotros no podemos vivir sin el signo de la Cruz. El Crucifijo es lo que nos mantiene presente el inconmensurable Amor que se inmola una vez y para siempre por nosotros. ¿Acaso no se nos insta en la Liturgia del Viernes Santo a adorar la Cruz en que fue clavado El que es la salvación del mundo: “Ecce lignum Crucis in quo Salus mundi pependit”? Por ello no podemos callar ante la voluntad de los actuales “césares” que quieren arrancar de nuestra vida el Árbol cuyo fruto es la salud, la redención y la apertura del Paraíso.

“Eripe me, Domine, ab homine malo: a viro inicuo liberame.”

Sin la Cruz no podemos encontrar el camino de vuelta a la Casa del Padre. En el alejamiento, en la separación del Padre que el pecado provoca, en el ejercicio del libre albedrío mal entendido, nace el rechazo del amor de Dios como si se tratara de una atadura y no de una Gracia convirtiendo la libertad que se nos da en la gran hipoteca de Dios. Y esa hipoteca ha de ser cancelada mediante el sacrificio de expiación del Hijo de Dios que se entrega libre y voluntariamente a la muerte “... y una muerte de Cruz” para mostrarnos el camino de retorno haciéndose El mismo Camino.

“Christus factus est pro nobis obediens usque ad mortem, mortem autem crucis.”

El hombre, caído, enredado en la trampa, es buscado por el Hijo de Dios como la oveja perdida es buscada y liberada por el pastor. El Buen Pastor no muestra tan sólo el sendero de vuelta a casa a su oveja; la toma sobre sus hombros y la lleva, soportando su peso que le hace inclinar la cabeza, en una clara imagen que recuerda a Cristo clavado en la Cruz, con la cabeza doblada por el peso de nuestros delitos, con los brazos abiertos en signo de acogida y de perdón. Esto y no el terremoto es lo que hace exclamar al Centurión: “Verdaderamente Este era Hijo de Dios”.

“Ubi caritas, et amor, Deus ibi est.”

Al realizar la señal de la cruz, estamos repitiendo aquellas palabras del Centurión; estamos manifestando nuestra convicción y nuestra fe. Estamos gritando que reconocemos ser Dios a Aquel que en su humildad lleva su Amor hasta el extremo, que en su entrega nos arranca de las tinieblas, y que en su Resurrección nos eleva hasta El. Cada vez que volvemos nuestros ojos hacia el Crucifijo vemos posar sobre nosotros la mirada de Dios inmolado que nos invita a seguirle cargando con nuestra cruz con la confianza del hijo que se pone bajo la protección del Padre; con la confianza de la criatura liberada del abismo por su Creador; como quien embraza el escudo protector en el que han de chocar las propias debilidades y los asaltos del maligno. Así Juan refiere el poder salvador de la cruz: “Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.” Y Pablo que nada tenía por mayor gloria que la Cruz de Jesucristo: “El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación es fuerza de Dios.”

Tener presente el Crucifijo nos invita a la contemplación del Misterio; desde niños lo aprendimos cuando nuestra madre nos enseñaba la Señal de la Cruz, cuando con ella nos bendecía trazándola sobre nuestra frente; el Crucifijo, presidiendo nuestras escuelas nos recordaba que por el sufrimiento de Cristo nos viene la salvación.

Hoy, de nuevo, nos lo quieren arrebatar los que niegan la Cruz de Cristo y, quien esto hace niega expresamente la Encarnación, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Salvador, y la sangre de los mártires.
“La que en su ardiente heroísmo
la Cruz lleva hasta los Andes,
y va a combatir en Flandes
al fiero protestantismo.
La España que todavía
por Cristo y su Fe batalla,
cuando todo lo avasalla
general apostasía.”

(Siempre singulares, V. Monroy Alaguero en Auras Juevistas)


P. de Beira