martes, 20 de octubre de 2009

“De la vida y de la muerte”


Seréis como dioses, mágica consigna de la serpiente que invita y tienta a tomarse atribuciones del Creador y que, usada políticamente, sirve a conseguir la degradación moral y el embrutecimiento que ciertos regímenes necesitan para conseguir con ello el poder que, bajo la etiqueta de democracia, es en realidad el más grande destructor de la sociedad y de la familia. Embrutecimiento que pasa por la promiscuidad y por el todo vale.

Seréis como dioses
, invita a tomar a cargo propio la Vida y la Muerte; a decidir sobre realidades que quedan totalmente fuera de la decisión de la persona humana acerca de su origen y de su destino transcendente, y desde luego, sobre el don de la Vida.

Ahora me viene al pensamiento una homilía pronunciada meses atrás por el capellán de mis queridas amigas Carmelitas Descalzas: El Pater nos hablaba de sus tiempos en Misiones cuando cayó enfermo uno de sus colegas. Solía visitarlo a diario en el hospital en que se hallaba ingresado, a eso de mediodía. Uno de esos días, al concluir su visita, oyó el profundo, cadencioso, doloroso toque de difuntos. Y así el día siguiente, y el otro... Extrañado se dirigió al capellán del hospital para preguntarle si no era mucha casualidad que todos los días, a las tres en punto de la tarde, las campanas doblaran a duelo, a lo que el buen sacerdote respondió lacónicamente: “A esta hora es cuando se practican los abortos en este hospital”.

La realidad es que la muerte está tanto en esos personajes políticos que instrumentan estas ideas como en los que simplemente consienten; está en esas mujeres indignas que defienden el asesinato más vil y sucio que conocerse pueda: el de seres indefensos, el de criaturas de Dios que no pueden reclamar su derecho a la vida porque se lo arrebatan en medio de sus consignas sacrílegas.

La eutanasia y el aborto: el pecado original en vivo y en nuestros días. El creerse como Dios ya que pueden decidir cuando y a quien dar muerte. La muerte está en sus almas, instalada en sus durísimos corazones de piedra, enredada en sus acciones y en sus pensamientos.

Desprecian la Vida, regalo de Dios, y confunden lo que significa el libre albedrío que Dios otorgó a sus criaturas. Creen que escaparán a la Ley de Dios: ¿dónde se esconderán de su mirada? Tan entorpecida, vil y ensoberbecida está su conciencia que no les permite comprender que ellos mismos están realizando su condenación.
Que ellos mismos...

“...sean como babosa que se deslíe al andar,
como aborto que no llega a ver el sol.” (Sal 57, 9).

Más les valdría reflexionar en lo que, muy a propósito, dice el capítulo 17 del Libro de Sabiduría.

Y para quien tenga la tentación de tratarme de intolerante, allá va este brindis:

“La vida se ha convertido en una palabra clave de nuestro tiempo frente a las amenazas de una “civilización” de la muerte... La verdad, en cambio, no forma parte de las ideas preferidas de esta época; se suele asociar con la intolerancia, y es considerada más como amenaza que como promesa. Pero justamente por eso es tan importante que preguntemos por ella y nos dejemos interrogar por ella a la luz de Cristo.” Joseph, Cardenal Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, Salamanca 2005, 23.


P. de Beira